
HabĂa una vez, en un rincĂłn muy lejano —o quizás muy dentro de ella misma— una joven llamada Alicia. Ya no era la niña que perseguĂa conejos blancos o tomaba tĂ© con sombrereros locos. Ahora era madre.
Su bebĂ© habĂa nacido hacĂa unos meses, y aunque todos a su alrededor celebraban la alegrĂa de una nueva vida, dentro de Alicia, algo muy diferente comenzaba a crecer: una sombra.
No era una sombra malvada, ni de esas que se esconden bajo la cama. Era una sombra silenciosa, invisible para todos menos para ella. La acompañaba dĂa y noche, susurrándole que no era suficiente, que su bebĂ© merecĂa algo mejor, que no tenĂa fuerzas para seguir.
Una tarde, mientras su bebĂ© dormĂa, Alicia cerrĂł los ojos… y despertĂł nuevamente en el PaĂs de las Maravillas. Pero esta vez, todo era distinto.
Los colores estaban deslavados, los árboles lloraban hojas grises, y el conejo blanco, en lugar de correr apresurado, estaba acurrucado bajo un arbusto, repitiendo:
—No puedo más… no puedo más…
Alicia lo observĂł y sintiĂł un estremecimiento familiar. CaminĂł por el sendero y se encontrĂł con el Sombrerero Loco, quien ya no reĂa. Ahora tomaba su tĂ© en silencio, mirando la nada.
—¿Qué ocurre aqu� —preguntó Alicia.
—El PaĂs de las Maravillas ha perdido su maravilla —susurrĂł el Sombrerero—. Desde que naciĂł tu bebĂ©, tĂş te has ido alejando de nosotras. Tu tristeza se ha filtrado hasta aquĂ.
Alicia bajĂł la cabeza. Las palabras del Sombrerero dolĂan porque eran ciertas. No se sentĂa ella misma. No entendĂa por quĂ©, si debĂa estar feliz, solo querĂa desaparecer.
Entonces apareciĂł la Reina Roja, no gritando ni exigiendo cabezas, sino susurrando como una vieja conocida:
—No eres buena madre… todos lo saben… tu bebĂ© estarĂa mejor sin ti…
Alicia temblĂł. Esas palabras no venĂan de la Reina Roja, venĂan de su propia mente, disfrazadas.
—¡Basta! —gritó, y la tierra tembló.
De entre la niebla surgiĂł una figura brillante, serena: era la Oruga, pero esta vez transformada en mariposa.
—Lo que sientes tiene nombre, Alicia —dijo suavemente—. Se llama depresión posparto. No es culpa tuya. No eres débil, estás enferma. Y puedes sanar. Pero no puedes hacerlo sola.
—¿Y cómo salgo de aqu� —preguntó Alicia, con lágrimas.
—Con ayuda. Necesitas hablar. Con un médico. Un psiquiatra. Ellos no te juzgarán, te entenderán. No estás sola, Alicia. Muchos han estado aquà antes, y muchos han regresado.
Alicia cerrĂł los ojos. Cuando los abriĂł, estaba de nuevo en su habitaciĂłn. Su bebĂ© seguĂa dormido. El mĂłvil colgando sobre la cuna giraba lentamente. Y por primera vez en semanas, Alicia respirĂł profundo.
Al dĂa siguiente, llamĂł. Y pidiĂł una cita.
Porque entendió que la maternidad no significa olvidar quién eres. Y que buscar ayuda no es rendirse, es comenzar a regresar.
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